El artista Joaquín Cortés actuará en Santander el próximo 1 de
agosto donde interpretará el espectáculo 'Mi Soledad', tras recorrer
varios países de todo el mundo, según informaron los responsables de la
gira.
En esta obra, Joaquín Cortés baila solo, acompañado por dieciséis
músicos. La escenografía se basa en "la sencillez sin artificio" y está
cargada de "gran intimismo".
Mi soledad’. Joaquín Cortés:
baile, dirección. Voces: Chelo Pantoja, La Genara,
Saray Muñoz. Triana Heredia / El Negri, Antonio Carbonell,
Juan José Amador. Guitarras: Montoyita, Piripi. Violín:
Ángel López Rodas. Chelo: Hillary Flelding.
Contrabajo: Arián Suárez. Acordeón: Cuco
Pérez. Percusión: Morito, Fernando Favier, Rafael
Serrano.
Cortés se reencuentra con España. Y lo hace
con el nuevo espectáculo ‘Mi soledad’,
con vestuario diseñado por Jean-Paul Gaultier y sin
más baile que el suyo propio. Las más
de dos horas de espectáculo tienen como principal
objetivo la búsqueda de ovaciones y más ovaciones,
blandiendo espadas más allá del mero arte. Casi
sobra aludir al elemento sexy, pero funciona en igual medida
que el virtuosismo técnico, la adrenalina sonora y
la contundente cegadora. Simplemente, Joaquín Cortés
es una estrella de masas y actúa en consecuencia.
El espectáculo está estructurado en dos partes
bien diferenciadas, como ya avisó en sus recientes
comparecencias ante la prensa. La primera de ellas, titulada
‘Que el odio calle’, está concebida como
una pieza de lenguaje contemporáneo, con abundancia
de suelo, de cuerpo al descubierto y de un dramatismo casi
teatral que enfatizan las voces superpuestas. Poco a poco,
el flamenco va sumándose a su discurso. Tres cantaoras
lo rodean como tres gracias. Una pincelada de pies. Una pose.
Un marcaje. Bulería acancionada: ‘Soleá
mía’. El bailarín desaparece. Los músicos
-entre ellos, el guitarrista Montoyita y el cantante Negri-
quedan para tomar las riendas con un número instrumental
ecléctico donde vuelven a rebujarse todas las voces,
todos los instrumentos y muchos estilos étnicos. La
luz se hace para dar brillo, sobre todo, al vistoso vestuario
zíngaro de las mujeres del cuadro. Toda la adrenalina
posible para preparar la segunda aparición de la estrella.
Vuelve con camisa transparente salpicada de pétalos,
sombrero y pantalón negro entallado. Quiere aflamencarse...
pero no demasiado. Tan sólo unos apuntes por tangos,
con más poses que pasos. Cinco minutos de permiso para
los fotógrafos acreditados. Joaquín Cortés
apabulla al público, lo reclama, lo busca... mientras
pide más y más caña al cuadro. Y resulta
alucinante comprobar cuánta rentabilidad saca a tan
poco baile.
Realmente, no hay bailes con desarrollo en este montaje.
A diferencia de ‘Live’, apenas hay esbozos. El
siguiente será, tras el correspondiente intermedio
instrumental por zambra, un atisbo de soleá. La marca
con un bastón el cordobés, vestido esta vez
con casaca negra hasta los pies y el pelo recogido en un moño.
La balada aflamencada vuelve a envolverlo mientras apenas
posa. Al tiempo, llegan un par de letras de cante que sólo
remata con cortes de cuidado efectismo. El baile continúa
reprimido. Y el público lo está notando.
Pero he ahí que aún queda una bala en la recámara,
una bala de efecto prolongado del todo infalible. A partir
de entonces, Joaquín Cortés pasará bastante
más de media hora ofreciendo ‘patás’
por bulerías, cachitos virtuosos de pies que irá
combinando con llamadas de atención y provocaciones
tan claras como llevarse el dedo índice al oído
y ordenar que se encienda la cegadora, ese foco impertinente
que da obligado protagonismo a la audiencia.